15 octubre 2008

Con el paso cambiado

Aunque pueda parecer una paradoja, las crisis no se improvisan. Son fruto de comportamientos individuales y sociales que con el tiempo impiden que las instituciones de las que nos hemos dotado puedan seguir soportándolos. Seguramente el que sea una crisis financiera es tan sólo un punto de arranque, y que haya empezado en Estados Unidos una "causalidad". Uno podría objetar que estamos en crisis permanente y que fruto de este caos es donde emergen las capacidades para encontrar el equilibrio necesario. Sin embargo, hay crisis y crisis. Cuando un sistema económico moderno requiere intercambios monetarios, el sistema bancario necesita estar asentado sobre pilares sólidos. Y lo que observamos ahora es que tal solidez se tambalea, y que de una crisis de liquidez, viene la crisis de solvencia y la necesidad de recapitalizar los bancos. Los titulares anunciando la nacionalización parcial de la banca representan un antes y un después de muchas décadas de política económica que ha impulsado la liberalización de los mercados acompañada con una regulación insuficiente.
Del mismo modo que sabemos que la incertidumbre y las asimetrías de información invaden el sector salud, lo mismo sucede en el bancario. Y si alguien se olvidó de la lección, ahora le tocará aprenderla. Lo delicado está en la solución. Mientras que la selección adversa puede corregirse mediante seguro sanitario obligatorio, en el contexto bancario actual salvar a los bancos representa promover el riesgo moral. "Tonto el último", podríamos decir, los beneficios se quedaron en el ámbito privado de las entidades irresponsables mientras sus riesgos se socializaron. La teoría de evitar daños mayores podría haberse previsto con facilidad evitando conglomerados tan grandes que trabajaban con la hipótesis implícita de "too big to fall", demasiado grandes para quebrar. Pensaban que alguien los acabaría rescatando tal como ha sucedido en ocasiones anteriores.
Esta crisis financiera es el prólogo de una seria crisis económica, que impactará en una crisis política y social. Y es que determinadas prioridades individuales y sociales se modificarán y ello dará lugar a nuevas oportunidades y cambios profundos. El que estos cambios sean a mejor depende de la capacidad de disponer de una información e incentivos, al lado de unos líderes e instituciones capaces de enfrentarse a ellos y crear valor para la sociedad.
Para los escépticos indicaría que estamos a las puertas de aplicar mecanismos de control estricto del presupuesto sanitario que desconocemos. Durante los próximos meses observaremos como las previsiones son susceptibles de empeorar y ello viene motivado porque quien las hace se ve obligado a revelarlas de forma sesgada para atenuar la pérdida de confianza en el futuro. En el sector salud, la crisis ha aparecido en el momento que había expectativas de aumento de la financiación pública. Llegó con el paso cambiado y para quedarse entre nosotros durante tiempo.
Las restricciones económicas obligaran a tomar decisiones difíciles y alejar compromisos ya establecidos. Es de desear que este proceso se lleve a cabo de forma transparente en lo relativo al presupuesto público. La crisis nos recordará que los recursos siguen siendo escasos y que ahora más que nunca la exigencia de añadir valor a la salud requiere talento y decisiones claras.